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Oda al Vino, Pablo Neruda

Vino color de día,
 vino color de noche,

vino con pies de púrpura 
o sangre de topacio, 
vino,

estrellado  hijo 
de la tierra, 
vino,  liso como una espada de oro,

suave 
como un desordenado terciopelo,
 vino encaracolado y suspendido,

amoroso,  marino, 
nunca has cabido en una copa,
 en un canto,

en un hombre, 
coral,  gregario eres, 
y cuando menos,  mutuo.

A veces 
te nutres de recuerdos 
mortales,
 en tu ola 
vamos de tumba en tumba,

picapedrero de sepulcro helado, 
y lloramos 
lágrimas transitorias,

pero 
tu hermoso 
traje de primavera 
es diferente,
 el corazón sube a las ramas,

el viento mueve el  día, 
nada  queda
dentro de tu alma inmóvil.

El vino 
mueve  la  primavera,
 crece  como  una planta la  alegría,
 caen  muros,

peñascos,
 se cierran los abismos, 
nace el canto.

Oh tú, jarra de vino, en el desierto
con la sabrosa que  amo, 
dijo  el viejo poeta.

Que el cántaro de vino
 al beso del amor sume su beso.

Amor mio, de pronto 
tu cadera
es la curva colmada 
de  la copa,

tu pecho es el racimo,
 la luz del alcohol tu cabellera,
 las uvas tus pezones,

tu ombligo sello puro
  estampado  en tu vientre de vasija, 
y tu amor la cascada 
de vino inextinguible,

la claridad que cae en mis sentidos, 
el esplendor terrestre de  la vida.

Pero no sólo amor, 
beso quemante  
o corazón quemado 
 eres,  vino de vida,
 sino
amistad de los seres,

transparencia, 
coro de disciplina,
 abundancia de flores.

Amo sobre una mesa,
 cuando se habla,
 la luz de una botella
 de inteligente vino.


Que lo beban, 
que recuerden en  cada 
gota de oro 
o copa de topacio

o cuchara de púrpura 
que trabajó el otoño 
hasta llenar de vino

las vasijas 
y aprenda el hombre oscuro, 
en el ceremonial de su negocio,

a recordar la tierra y sus deberes, 
a propagar el cántico del fruto.